24 de junio de 2010

Day 16: Forbidden Planet

Profesión: pastelero en prácticas.
Peso: miente la báscula como bellaca.


Coleccionismo a tope

La biblia freak está en Shaftesbury Avenue (aunque hay un par más de locales en Londres, más alguno en Cambridge, Liverpool, ya sabéis, los pueblos bárbaros al Norte del Támesis). Forbidden Planet es una película de serie B de los años cincuenta: naves espaciales, robots, alienígenas, robots alienígenas, científicos locos y rubias en bañador grandote: nombre inmejorable tanto por la inspiración como por el augurio que vaticina. Y es que es mejor no entrar si te gustan los tebeos y sus alrededores.


El escaparate ya nos anuncia lo que nos vamos a encontrar dentro de la tienda: camisetas cyborg, figuras de resina de Darth Vader, art-books, tebeos en general y merchandising a raudales. La primera tentación son las cajitas de caramelos de menta con forma de pad de Nintendo de 8 bits, o de Pac-man y sus fantasmas azules. Superada (o no) la prueba de resistencia geek, tenemos a mano izquierda figuras de coleccionista (precio abusivo y chicas manga en bikini) y, tras la estanteria, todo tipo de figuritas de Star Wars y demás películas con apartado coleccionable (este año se lleva la saga Crepúsculo, de la que soy un completo ignorante, y Avatar, que por desgracia sí que he visto en cine). Después tenemos pósters, disfraces, DVD con series anime de importación (carísimo claro), mochilas de Hello Kitty, en fin, todo lo que el imaginario japonés y hollywoodiense ha regalado al mundo en orden de hacer unos dineros. Escaleras abajo, el acabose: una librería enorme de comic, manga, libro de ciencia ficción y cine. Para perderse juntos a otros frikis durante horas. Si visitáis Forbidden Planet, recordad mis consejos: no olvidéis que ahí afuera está el mundo y el aire fresco, y que, por muy barata que esté la figurilla de Voldemort no la necesitáis, repito, no la necesitáis en la estanteria del salón.




Por las noches la tienda debe de ser una fiesta: en plan Toy Story, pero a lo bruto.

7 de junio de 2010

Day 15: The Petrie Museum of Egyptian Archaeology

Weather: hoy tenemos Sol de 16:00 a 16:15. Viva y bravo.
Salud: no me duele nada, toquemos madera.



Arqueólogos anónimos

El museo que sueña el arqueólogo (el egiptólogo más bien, en este caso) está en Torrington Place, entre edificios universitarios. Frente a la pomposidad del Museo Británico y su colección de piezas magníficas, el Petrie ofrece una colección “a pie de calle”, con fragmentos pequeños, ánforas rotas, dibujos descoloridos, bisutería fragmentada, algunos restos humanos, porcelanas, textiles. Frente a la iluminación bien estudiada del British Museum, aquí tenemos lugares que incluso precisan de una linterna. Frente al flamante techo transparente del atrio de aquél, que ahora cumple 10 años, el Petrie sólo dispone de algunas estanterías polvorientas, de cajones de muestras que podemos abrir a voluntad, en un conglomerado de 80.000 piezas repartidas en dos pequeñas salas. Nos basta éso. O tal vez no, tal vez echemos de menos los pantalones de safari y el salacot de Livingstone, y quizás un monóculo, para sentirnos como un explorador del siglo XIX que se encuentra con una orgía de restos de tres mil años de antigüedad semienterrados en la arena del desierto. El Petrie es una de esas joyas anónimas que aguardan en las grandes ciudades, esperando, como el sarcófago de los faraones antiguos, a ser descubierta por el ojo atento que no se queda tan sólo en la (magnífica, maravillosa) colección del British.


3 de junio de 2010

Day 14: The BT Tower

Weather: finally sunny.
Height: 176 centimetres of pure art.


El Pin
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Una pantalla de luces LED, circular, en lo alto de la torre de BT, nos recuerda que quedan 790 días para que comiencen las Olimpiadas de Londres 2012. Cuando llegué aquí, la pantalla marcaba 870. Cómo pasa el tiempo.

En una ciudad completamente llana como Londres, de calles retorcidas y estrechas, es difícil situar un hito urbano, a no ser que sea de una altura considerable. La gigantesca cúpula de la Catedral, el London Eye o incluso el Big Ben, llamados a ser elementos de referencia a la hora de orientarse además de lugares reclamo para el turista, son difícilmente visibles incluso en la cercanía. No tiene la ciudad grandes torres, excepto en la zona de negocios de Canary Wharf, y aún así no tienen la dimensión de Nueva York o Shanghai (ni siquiera la de las 4 torres de Madrid). Son además particularmente horribles, con la excepción del edificio Gherkin, del Monument de Christopher Wren o de esta torre de comunicaciones, que resulta atractiva en su sencillez y contundencia. Igual que el famoso “Pirulí” madrileño, está rodeada de antenas gigantescas, aunque el high tech del metal y el vidrio sustituye al hormigón tan contundente, grisáceo, como es en general la capital de España, obsesionada con el granito barato de Felipe II y su Escorial. La torre BT tiene más estilo y además un restaurante giratorio en lo alto, con (imagino) fantásticas vistas de Londres. Habrá que ahorrar un poco y hacer una visita.

Tengo además la suerte de vivir bastante cerca de la torre. Cuando salgo de paseo por el centro y me desoriento, busco la torre. No siempre se ve, aunque seguramente esté ahí, marcando el lugar, a la vuelta de alguna esquina. Me gusta imaginarla como uno de esos pins metálicos que se utilizan para marcar los mapas, y en realidad funciona así, como un marcador gigante de metal en el entramado laberíntico de la ciudad enorme. Qué curioso esto de las escalas. Quizá Londres sea tan sólo, en realidad, un mapa pequeñito encima de una mesa, y nosotros, más pequeños todavía, como hormigas microscópicas, buscamos el hito que es la torre sin darnos cuenta de lo que somos, de dónde estamos.





1 de junio de 2010

Day 13: Fluid

Weather: they said there´s no summer, they were right.
NHS Doctor: looking for a long leggy blonde and good professional. Or, as we say, one has to die of something.
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Japan turmix

En la ciudad de la diversidad y el mestizaje todo ha de estar mezclado, aún a riesgo de perseguir lo políticamente incorrecto y, curiosamente, la diferencia. Fluid está perdido entre las estaciones de Farringdon y Barbican, en frente de un mercado de abastos gigantesco. El local se anuncia con el sugerente eslogan “Bar Music Sushi” porque, aunque la combinación se antoja imposible, resulta que es verdad, y el local sirve makis y sashimis con la misma soltura que un gin tonic o una remezcla de los Chemicals Brothers. De inspiración japo-futurista, las paredes alternan espejos con cristales transparentes y vinilos coloreados, entremezclando la gente de la calle con la del interior del local. Las mesas y taburetes de madera, cuadrados, sencillos, inundan la minúscula pista de baile, conviven con el 1943 y el Space Invaders y junto a la mejor película de Miyazaki, de visionado continuo en la televisión de la esquina. Fiel al espíritu diverso del lugar, el DJ es un arquitecto australiano de origen vietnamita que estudió en Barcelona. Escaleras abajo (una escalera metálica, de caracol) la música es atronadora y la pista de baile, pequeña pero suficiente, está vacía. Malos tiempos para locales con solera, tal vez. Aunque en qué otro lugar puede uno tomarse una pinta de Asahi